
En su paso por la Universidad de Playa Ancha para participar en el I Congreso Internacional de Estudios Territoriales y Diálogos —donde presentó la conferencia magistral— la investigadora brasileña y académica de la Universidad Juiz de Fora, Dra. Helena Rizzati Fonseca, expuso su investigación sobre urbanización en América Latina y las formas en que la ciudad materializa desigualdades históricas. Su trabajo, que abarca cinco regiones metropolitanas del continente, analiza cómo género, raza social, ingreso y clase se entrecruzan en el acceso a vivienda, infraestructura y al derecho a habitar la ciudad.
La doctora en Geografía, propone el concepto de urbanización interseccionalizada para comprender cómo los procesos urbanos reproducen —y también son resistidos por— distintos grupos sociales. Su investigación abarca São Paulo, Ciudad de México, Bogotá, Santiago y Buenos Aires, y combina análisis de datos, revisión legislativa, mapeos inéditos y trabajo de campo prolongado en ocupaciones urbanas.
Durante el I Congreso Internacional de Estudios Territoriales y Diálogos, organizado por el Departamento del mismo nombre, de la Facultad de Ciencias Sociales, Rizzati compartió resultados de este trabajo y profundizó en su caso principal: la ocupación 9 de Julio, en São Paulo, un edificio público abandonado durante más de dos décadas y hoy habitado por 150 familias que lo han transformado en un espacio comunitario, cultural y político.
– ¿Cuál es el eje principal de su investigación?
«Presenté lo que denomino urbanización interseccionalizada, que busca entender cómo la urbanización reproduce las desigualdades estructurales de las sociedades latinoamericanas. Estas desigualdades atraviesan cuestiones de género, raza social, clase, ingresos y acceso desigual a derechos básicos, como la vivienda o la infraestructura.
Mi objetivo fue mostrar que esas desigualdades no son solo sociales, sino que se materializan en la ciudad: en dónde se vive, en la calidad del entorno urbano y en quién tiene acceso a recursos que deberían ser universales».
– ¿Cómo se manifiesta esa desigualdad en términos de género, raza e ingresos?
«Por ejemplo, las mujeres negras y racializadas suelen enfrentar mayor vulnerabilidad habitacional, más dificultades para acceder a servicios urbanos y están más expuestas a situaciones de precariedad en la vida cotidiana. En muchos casos, las mujeres lideran procesos de resistencia urbana justamente porque experimentan estas desigualdades de forma más intensa. Lo que buscamos es comprender esas diferencias sin homogeneizar categorías. Hablamos de mujeres, pero de mujeres de realidades distintas: mujeres indígenas, mujeres negras, mujeres blancas, mujeres con distintos niveles de renta. No es solo “mujer”, sino intersecciones múltiples».
– Su investigación abarca cinco grandes regiones metropolitanas. ¿Qué metodología utilizaron para estudiar contextos tan distintos?
«Trabajamos en dos escalas. Primero, la escala metropolitana, donde analizamos datos, legislación, estudios previos y construimos mapeos que cruzan variables que normalmente no aparecen juntas. Por ejemplo: comparar el ingreso medio de mujeres en un territorio con el nivel de acceso al alcantarillado. Eso permite visualizar desigualdades que no son evidentes a simple vista.
Segundo, la escala de la toma u ocupación urbana. Allí hacemos trabajo de campo prolongado: entrevistas, observación, talleres y convivencia con la comunidad. Investigamos también cómo la prensa y las redes sociales construyen la imagen pública de esos territorios. Esta combinación nos permite ver tanto la estructura general como la vida cotidiana y las formas de organización comunitaria».
Emblemática ocupación en São Paulo
– En Brasil, la ocupación 9 de julio es uno de sus principales casos de estudio. ¿Qué la vuelve relevante?

«La ocupación 9 de julio está en el centro de São Paulo, en un edificio público vacío hace más de 20 años. Hoy lo habitan alrededor de 150 familias —unas 600 personas— en un área de altísimo valor inmobiliario.
Es un caso emblemático porque la comunidad transformó ese edificio abandonado en un espacio vivo: hay una huerta, un comedor que sirve alrededor de 1.500 comidas los fines de semana, actividades culturales abiertas al público y alianzas con artistas y agentes culturales. Incluso han realizado desfiles del São Paulo Fashion Week y exposiciones de arte.
Esa apertura a la ciudad es parte de su estrategia política para legitimar la ocupación y demostrar que cumplen una función social que el edificio no tenía».
– ¿Cómo se organiza internamente una ocupación como 9 de Julio?

«Todo funciona a través de asambleas, que pueden ser quincenales o mensuales. Allí se distribuyen tareas: quién cuida la huerta, quién cocina, quién limpia, quién administra las actividades culturales, quién habla con la prensa.
Existe además un conocimiento muy fuerte entre las familias, porque muchas vienen de experiencias previas de autoconstrucción. Saben cómo habilitar espacios, cómo dividir ambientes, cómo evitar la oxidación del hierro. Ese saber colectivo permite que un edificio vacío se convierta en un lugar habitable.
La organización no es solo práctica: también construye legitimidad social y política. Abrir la ocupación a la comunidad, a artistas, a actividades culturales, crea un puente con la ciudad que contribuye a su permanencia.
– ¿Por qué existen tantos edificios vacíos en zonas centrales de São Paulo?
«En gran parte debido a la especulación inmobiliaria. Aunque Brasil tiene una legislación que exige que la propiedad cumpla una función social, muchos edificios permanecen vacíos durante décadas a la espera de valorización o por conflictos judiciales.
Eso genera una contradicción evidente: territorios centrales con acceso a transporte, escuelas y servicios permanecen cerrados mientras crece el déficit habitacional. Los movimientos de vivienda monitorean esos edificios, revisan su situación legal y, cuando corresponden a bienes públicos o inmuebles con deuda, los ocupan y los ponen en funcionamiento».
– ¿Qué rol juega la variable racial en la desigualdad urbana brasileña?
«Brasil tiene una particularidad: la disputa indígena por el territorio está fuertemente vinculada a áreas forestales y rurales. En el contexto urbano, la desigualdad tiene un componente claramente racializado, y se expresa sobre todo en la población negra.
Aunque históricamente el país se promovió como una “democracia racial”, la evidencia muestra otra cosa: la población negra tiene mayores índices de inseguridad alimentaria, empleos más precarios, menos acceso a vivienda digna y mayor exposición a la violencia.
Mi investigación busca justamente desmontar ese mito mostrando sus manifestaciones concretas en la ciudad».
– Este fenómeno de viviendas vacías y desigualdad urbana ocurre en distintos lugares del mundo, por ejemplo, en Europa ¿Cómo lo interpretas?
«Lo vemos en Brasil, en América Latina y también en Europa: hay más viviendas vacías que personas sin hogar. Esto responde al modo en que el capitalismo organiza la ciudad. La vivienda se convierte en un activo financiero antes que en un derecho. Las tomas tensionan esa lógica porque hacen visible su contradicción fundamental: que existan edificios enteros vacíos mientras miles de personas necesitan un hogar».
Fuente: Javiera Arrate Molinari, periodista del Departamento de Estudios Territoriales y Diálogos Interculturales
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