Íconos patrimoniales del Valle del Aconcagua. Novena parte: Bailes religiosos

Imagen: Jorge Ibacache.

“En todo el recorrido que se ha descrito y explicado para el territorio aconcagüino, hay fiestas religiosas que tienen diversos días de celebración, fechas en que las y los devotos acuden a venerar la figura religiosa que es de su devoción. Son, precisamente, en esos momentos que la fe se ve realzada por la presencia del baile que, desde la antigüedad, era y es una expresión cultivada por agrupaciones o hermandades católicas, cuyos integrantes exteriorizan y practican de forma tradicional, con un profundo respeto y significado religioso hacia diversas figuras como la Virgen María, Jesús, la Santa Cruz y las y los santos, y patronos de la iglesia católica apostólica romana.

En relación con lo indicado, se puede decir que estos manifiestos de alegría son considerados parte del patrimonio intangible mueble, entendiendo a la danza como una recapitulación artística en la que se conjuga la música con la poesía, a la que se unen otros expresivos como los trajes, colores y movimientos corporales, que tienen impronta de diversas poses que expresan respeto y movilidad en un todo, que sumerge al danzante en un trance muy singular.

La iglesia, por su parte, indica que “la danza nunca ha sido una parte integral de la alabanza oficial de la Iglesia Latina. Si las iglesias locales han aceptado la danza, algunas veces incluso en la construcción de la iglesia, ha sido en la ocasión de fiestas para manifestar sentimientos de gozo y devoción. Pero eso siempre tuvo lugar fuera de los servicios litúrgicos”.

Para el caso que nos ocupa, las diabladas y chinadas son los manifiestos culturales que complementan las ceremonias de fe y, en este sentido, el primero de estos bailes tiene para nuestro país un origen que proviene según Memoria Chilena “de la Diablada Boliviana, baile grupal realizado en honor de la Virgen del Socavón en el carnaval de Oruro. Esta manifestación llegó a Chile en 1952, cuando fue invitada a la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen de la Tirana, la Diablada Ferroviaria de Oruro. Ello dio impulso a la creación de la Primera Diablada de los Siervos de María, conocida también como la Diablada del Goyo debido al nombre de su fundador, Gregorio Órdenes. Luego de ella surgieron una serie de otros conjuntos, tanto en la zona norte como en la zona central y el Área Metropolitana”.

Desde esa fiesta y fecha, la expansión de esta declarativa musical e imagen se ha hecho patente desde el norte al sur, tal cual son los casos de evidencias danzantes en las fiestas de Nuestra Señora de las Peñas, de la Candelaria en Copiapó, de Andacollo o de la Virgen del Carmen en Maipú, San Pedro en las caletas de pescadores, la Cruz de Mayo, San Sebastián entre otros hitos de fe popular.

Por su parte, la chinada es una danza principalmente masculina y tiene naciente raigambre chilena, apareciendo en los tiempos coloniales entre las comunidades mineras de la actual cuarta región de Coquimbo. También conocida en el norte chico, desde allí irradia su presencia, en particular en la zona central, alcanzando ribetes de originalidad en Tarapacá (fiesta de la Tirana, que inicia entre el 10 y 11 de julio y dura una semana), donde la cofradía está encargada de trasladar en procesión la imagen de la Virgen del Carmen.

Referente a lo descrito y en relación con el valle que nos ocupa, es observable y muy atractivo ver como estos signos del patrimonio dan cuenta de que están vivos y permanentes, con un gran número de cultores que se esfuerzan a diario por realzar su devota presencia con vivos trajes y un gran respeto de fe, lo que los convierte en tesoros humanos del activo patrimonial del Aconcagua”.

 

***Gastón Gaete Coddou,  geógrafo y académico de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas, Universidad de Playa Ancha.

Columna de opinión publicada en diario El Trabajo de San Felipe, el miércoles  14 de julio de 2021

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