Íconos patrimoniales del Valle del Aconcagua. Sexta parte: El patrimonio de la segunda sección

Palmas de Ocoa. Registro: Jorge Léon Cabello.

 

“La segunda sección del Valle del Aconcagua inicia por el oriente en la comuna de Catemu y termina por el oeste en la de Quillota, en un desplazamiento entre uno y otro de los topónimos indicados de 90 kilómetros, aproximadamente. Es en este tramo, donde asoman diversos antecedentes tangibles e intangibles que han quedado de manifiesto como resultado de la actividad y asentamiento del ser humano en el área en cuestión.

En relación a lo anterior y de manera general, con respecto al patrimonio cultural tangible inmueble, quedan en evidencia diversas estaciones del ferrocarril, algunas de carácter local (exestación Ocoa y Villa Prat, situadas en la  comuna de Hijuelas) y otras que fueron en su momento como  la de La Calera, considerada un puerto terrestre por la importancia que tenía al ser el lugar de combinación entre las líneas de tren con destino a Santiago, respecto de la red central  longitudinal norte (longino), que generó una gran dinámica de movilidad de personas y servicios, que tenía como destino final la ciudad de Iquique.

En este sentido, esta actividad, que se mantuvo activa entre 1914 hasta 1986 (tramo La Calera a la Serena), con un largo de 1759 kilómetros de extensión, hacía un viaje de casi cuatro días hasta la capital de la región de Tarapacá, en un itinerario que, según la revista En Viaje de ferrocarriles del Estado, era de la siguiente manera: “El tren número 13 “Ordinario” a Iquique, según itinerario salía de Mapocho (Santiago), a las 14 horas del jueves. Tres horas y media después llegaba a la Estación La Calera, donde se hacía transbordo a otro convoy (de trocha métrica). El tren con coches de tercera clase y buffet partía desde La Calera, a las 17.30 horas. Su primera parada, era diez para la una de la mañana del viernes en Illapel. A las 11 y media de la mañana estaba en La Serena. Casi a la una de la mañana del sábado, llegaba a Copiapó. Después pasar el desierto, al atardecer llegaba a Baquedano. Los más afortunados partían hacia Antofagasta. El día domingo llegaba, por fin, a Iquique al mediodía. ¡¡¡Una odisea!!!”.

Profesor Gastón Gaete Coddou.

Así las cosas, la cantidad de personas que se movilizaban era el sentido del funcionamiento de este medio de transporte, esencia que se avala con la opinión de los autores de un entretenido y bien documentado libro titulado “Recuerdos del Longino”, donde establecieron que: “Los trenes chilenos buscaron siempre interés social por sobre el económico. Las rebajas de tarifas solicitadas por el gobierno a la empresa se extendieron también a las del transporte de carga, con el objetivo de fomentar la producción de distintos productos, agropecuarios u otros, o solo por motivos sociales”. Aunque para el caso de la estación en análisis, la presencia de su estación y la llegada de los pasajeros convertía la noche en día dado que la ciudad (La Calera) se poblaba y los comercios se activaban, en especial las boîtes y restaurantes hasta bien entrada la mañana del día siguiente y, en este sentido, este columnista calculó que ese vendaval de personas era de, aproximadamente, 15.000.

Aparte de lo indicado, en esta sección del Aconcagua hace presencia un tesoro biogeográfico viviente cual es el palmar de Ocoa,  uno de los tres palmares de palma chilena del país (la segunda más austral del mundo), ubicado en el Parque Nacional La Campana. Sobre este ecosistema, Juana Zunino indicó que: “Su presencia milenaria nos conecta con los habitantes de estos lugares. Su permanencia en el tiempo establece un vínculo natural a través de las generaciones, constituyéndose en un elemento fundamental de la memoria colectiva, en su arraigo e identificación con el lugar. Su estampa se destaca visualmente entre la vegetación circundante, caracterizando el paisaje donde ella se encuentra”. A la vez, esta asociación vegetal es vinculante con otras propias del bosque esclerófilo, higrófilo o xerófito, que en conjunto integran respectivamente una zona de transición y un corredor biológico, que por la variedad de flora (canelos, arrayanes y pataguas, peumos, boldos, litres, molles y quillayes) y fauna, son un valioso patrimonio natural que, sin duda, vale la pena apreciarlo y experimentar en vivo su existencia.

En síntesis, estos y otros antecedentes que serán tratados próximamente, dan una visión de continuidad patrimonial del territorio aconcagüino, que es una plataforma de ricas vivencias y realidades que son dables de conocer y aprender de ellas, como una forma de ir creando conciencia de nuestro entorno cultural y natural”.

 

***Gastón Gaete Coddou,  geógrafo y académico de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas, Universidad de Playa Ancha.

Columna de opinión publicada en diario El Trabajo de San Felipe, el miércoles  23 de junio de 2021

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