La educación es la vacuna sanadora

Hablemos de enfermedades. No del coronavirus que nos abruma, ni de problemas físicos, sino de las “enfermedades sociales” que afectan directamente el alma o la psiquis de las personas de nuestro país.

La primera es la desigualdad, de la cual derivan muchos otros males. Tiende a verse sólo en términos económicos, como una brecha entre quienes tienen más y menos poder adquisitivo, pero es mucho más que eso. El estallido de octubre de 2019 ocurrió como una reacción ante esta desigualdad. Es la misma sociedad la que pide el fin a las diferencias en el acceso y calidad de la salud, previsión, educación y otros derechos sociales.

Una segunda enfermedad es el centralismo. Quienes vivimos en las regiones estamos muy conscientes de la postergación y el trato desigual que sufrimos, siempre en favor de la Metropolitana. Nos preocupa también el centralismo interno, que concentra recursos en la capital regional y en zonas privilegiadas sobre otras, en términos de recursos y poder. Todas las tendencias descentralizadoras son positivas.

Una tercera enfermedad es la segmentación. Un mal que produce fisuras sociales, económicas y culturales. Este problema nos está llevando a una sociedad que es al menos dual, con grupos separados, que no se conocen ni se miran y si lo hacen sólo se ven a la distancia. El punto es que la convivencia entre dichos grupos está dañada. Ya tenemos más de un Chile, pero el fenómeno seguirá ahondándose si no tomamos medidas. Tenemos que luchar por la cohesión, la integración y la inclusión social. No es sólo atender las necesidades económicas, es dar a cada persona la oportunidad real de salir adelante. Los talentos están en todo el espectro social.

Pronto tendremos una elección y se iniciará un proceso constituyente en que ojalá podamos hallar cura a estos males. Para hacerlo, hay que considerar que la solución pasa necesariamente por defender un derecho social básico: la educación. No es un bien de consumo, sino que es la tarea número uno de Chile si quiere mirar con esperanza el futuro.

Cada año, el proceso de admisión a las universidades nos recuerda las desigualdades existentes, pues demuestra que un grupo minoritario llega con una inmensa ventaja a la educación superior gracias a que pudieron pagar “otra” educación y les entregaron un entorno con alto nivel sociocultural y material. Si el joven ya tuvo desventajas y luego entra a estudiar a una universidad regional notará una especial vocación social de estos planteles, los que a pesar de todo lo que hacen en formación, investigación, innovación y creación, sufren directamente las consecuencias de un sistema de financiamiento que no las favorece.

Aquí corresponde, una vez más, alabar a las universidades públicas, especialmente las regionales, que luchan por la calidad, la equidad y el desarrollo humano. Su gran fortaleza es que defienden y transmiten principios y valores universales, republicanos, como tolerancia, pluralismo, solidaridad y convivencia democrática. Una universidad pública no discrimina en ningún sentido, porque el pluralismo es su norte y su esencia.

 

Patricio Sanhueza Vivanco
Rector Universidad de Playa Ancha (UPLA)
Presidente Agrupación de Universidades Regionales (AUR)

 

Fuente: columna publicada en El Mercurio de Valparaíso, sábado 27 de marzo de 2021 (enlace para suscriptores).

 

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