Renato Cárdenas Álvarez: “El desarrollo debe proyectarse siempre desde las identidades de los pueblos”

Renato Cárdenas Álvarez nació en Calen y actualmente reside en Castro, ambas localidades de Chiloé. Es profesor, investigador y escritor de la región. Su trabajo con una orientación etnográfica ha incursionado en casi todas las realidades insulares: historia, lingüística, literatura, medioambiente, artesanía, música, mitología.

Estudió lengua y literatura en la Universidad de Chile, sede Valparaíso (antecesora de la Universidad de Playa Ancha), donde fue compañero de generación del decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de la universidad, Dr. Luis Alberto Díaz. Además, por esos mismos años estudió Arte en la Escuela de Bellas Artes de Valparaíso. Sus estudios audiovisuales los hizo en la Universidad de Londres, Inglaterra.

Durante los últimos años ha hecho levantamientos histórico/etnográficos de comunidades rurales, a través de entrevistas y observación participativa. Desde estas investigaciones ha publicado numerosos libros, centenares de artículos y documentales haciendo de guionista, conductor y realizador. También ha levantado museos y archivos en Castro, Dalcahue y Achao.

Es miembro de la Academia Chilena de la Lengua y, hasta el 2019, asesor de la Comisión del Patrimonio del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Su notable trayectoria lo hizo merecedor el año pasado del Premio Margot Loyola, siendo uno de los tres investigadores reconocidos por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

– ¿Cómo surgió este interés por investigar el patrimonio de la isla?
– La primera orientación surge de nuestros maestros de los 70: Nelson Osorio Tejeda y Carlos Foresti Serrano, ambos profesores de Literatura; Félix Morales Pettorino, profesor de Gramática, y un ambiente cultural y político que valora en esos años al mundo popular: Neruda, Violeta, Víctor Jara y posteriormente dos mujeres con quienes compartí estas ideas: Gabriela Pizarro y Margot Loyola. El toque campesino lo entregó el escritor peruano José María Arguedas, que en esos años visitaba la región de Valparaíso y se reunía con el grupo literario del Pedagógico. Ambos veníamos de una sociedad campesina. Después hay un largo camino. Muchos compañeros y compañeras de ruta y de despertares. Castro fue un foco intelectual importante durante la dictadura, desde donde defendimos e instalamos estos principios. Una suerte de laboratorio desde donde terminamos hablando del patrimonio.

– ¿Qué significa para usted haber ganado este reconocimiento?
– Es un reconocimiento a las culturas tradicionales de este país. Al mundo campesino que ha sido abandonado por el estado chileno. Artesanos, músicos, fiestas populares solo son vistos como recursos turísticos y explotados como tales, sin entender que en ese segmento de nuestra sociedad se arraiga lo más prístino, simbólico y representativo de la cultura nacional. Mi trabajo de investigación y escritura ha buscado durante medio siglo poner en valor a personajes, sus historias y relatos y, sobre todo, las estéticas que las validan como experiencia de la humanidad en esta parte del planeta.

– ¿Cuál sería una situación ideal, según su opinión, para difundir y preservar la cultura de las distintas regiones del países, tanto en el norte como en el centro y el sur?
– Nosotros vivimos un territorio/maritorio donde la herencia cultural sigue importando y se sigue practicando –eso sí– con muchas transformaciones. En los 70, un 70% de Chiloé era rural; hoy ese porcentaje está invertido. Sin embargo, pienso que la agricultura es la actividad que mantiene la identidad chilota. Es el bastión, a pesar de que el estado puso todos los huevos en la canasta de la industria. Nunca se ha implementado una política agraria, ni para la región y menos para Chiloé. Ese tremendo recurso económico que es la papa ha quedado sumergido en programas asistenciales sin ningún destino; solo sirve para la supervivencia. Desde la papa se ha construido una cultura gastronómica, social y musical porque las fiestas de minga requerían repertorio. El desarrollo debe proyectarse SIEMPRE desde las identidades de los pueblos; de lo contrario estaremos impulsando economías ajenas a nuestro crecimiento y a los intereses locales.

– Me podría contar cómo fue su paso por la universidad y como influyó en el trabajo que hoy realiza el estudiar en la UPLA…
– Me tocó vivir una época inolvidable para la universidad y para el país. Llegué a Valparaíso a fines de los 60, desde Puerto Montt. Asumíamos uno de los desafíos más gloriosos que se le puede cruzar a un joven. Nosotros éramos quienes debíamos construir el “Hombre Nuevo” que exigía entrega, mucho compromiso, pureza en la acción… ahí estaban los grandes ideales por los que venía jugándose el ser humano. Yo viví profundamente esos años entre las aulas y la militancia política, entre las reuniones partidarias y las literarias. Recibimos a Neruda cuando retornó de Francia; compartimos con Arguedas su visión política desde el mundo indígena y campesino. Para el Encuentro Latinoamericano de Escritores, conocí a Nicanor Parra y a Antonio Cisneros, en el Hotel O’Higgins. Eduardo Embry era de los locales, como también Eduardo Parra, de los Jaivas; Gregorio Paredes y Juan Claudio Zamorano Cameron; el gran Juan Luis Martínez y Gitano Rodríguez… Sergio Badilla, también de la universidad. Alfonso Larrahona Kasten, desde el aula. De los viejos que ya eran leyenda: Luis Fuentealba Lagos y Manuel Astica Fuentes, quien liderara la sublevación de la escuadra. Modesto Parera no era de este grupo, pero tenía una librería. Carlos Hermosilla Álvarez fue también un tremendo referente para nosotros, aunque era más grabador que poeta, pero yo también era estudiante de Bellas Artes.

– ¿Hubo alguien en la universidad, algún profesor o profesora en particular o compañero de generación a quien recuerde especialmente?
– Tres grandes profesores que marcaron el sendero: Nelson Osorio, desde la Literatura General, nos abrió un mundo de conocimientos y visiones nuevas; Félix Morales Pettorino, fundamentalmente por la forma especial en que nos llevó a reconocer nuestro idioma patrio, como se llamaba una de sus cátedras. Don Norman Cortés Larriau hacía Estética, pero su gran acierto fue sacarnos del aula y llevarnos al Valle del Choapa en un proyecto de rescate del cuento folclórico. Ahí estuvimos varios años y di los primeros pasos en investigación etnográfica, que sería mi trabajo por casi medio siglo. Conocí a gente maravillosa con quienes sigo manteniendo contacto.

– ¿Qué considera usted que le falta por hacer o investigar?
– Sé que mi trabajo quedará en camino. Chiloé es una fuente inagotable. Más aun, he incursionado en escenarios muy diversos. Tengo una treintena de títulos que van desde poesía, historia, botánica, crónicas de pueblos, lingüística, cuentos, mitos y leyendas… Pero también estamos levantando museos y archivos locales; entusiasmando a los municipios para que los construyan. Ahora en enero inauguramos otro en Dalcahue. Dos funcionan en Achao. Uno en Castro. Tenemos paralizado un programa de formación que llevaba ya un año: Cultura Tradicional de Chiloé, con alumnos de todo Chile, que sustenta el Departamento de Cultura de Castro. Estamos terminando un estudio, con el músico Sergio Sauvalle, acerca de los pasacalles de Chiloé. Y una vez que se nos permita, iniciaremos un levantamiento etnográfico de la Península de Rilán, el territorio frente a Castro. De ahí saldrán un libro, un video documental y una exposición. Seguiremos abordando las aldeas, los pueblos chicos, como libros de la oralidad de estas islas que hay que escribir…

 

 

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