Comunicador científico Gabriel León: “La ciencia no ocurre con un delantal, ocurre con una pregunta”

A los 5 años realizó su primer experimento científico. Probó una planta del jardín, porque se parecía a un apio, por lo tanto, pensó que era comestible. Como resultado, se le inflamó la lengua y terminó en la posta… la planta era venenosa. Hubo una discusión -sus papás lo retaron- y difundió el resultado del experimento, contando a sus amigos lo sucedido. Un experimento de principio a fin.

Esa curiosidad que de niño movió su interés por conocer su entorno ha sido la energía que ha motivado al bioquímico y doctor en Biología Celular y Molecular, Gabriel León, a dar respuesta con un leguaje cercano a niños, jóvenes y adultos, a preguntas sobre los fenómenos de la naturaleza y los avances científicos.

El actual director del Centro de Comunicación de la Ciencia de la Universidad Andrés Bello, luego de 10 años de dedicarse a la academia, decidió dejar los laboratorios y la investigación para enfocarse a integrar la ciencia a la comunidad, replanteándose su vinculación con el uso de los medios de comunicación, principalmente la radio, su versión digital y la escritura de libros.

Conversatorio “Ciencia fuera de los laboratorios”.

El autor del podcast “La Ciencia Pop” y de libros como “¿Por qué me sigue la luna?” “¿Por qué los perros mueven la cola?” y “Pandemia”, entre otros, aceptó la invitación de estudiantes de tercer año de Pedagogía en Biología y Ciencias, en el marco de la asignatura “Estrategias Creativas de Enseñanza-Aprendizaje”, que dirige la profesora Karen Cuevas, para participar en el conversatorio “Ciencia fuera de los laboratorios. Más cerca de lo que piensas”.

Fue el propio León quien abrió la reflexión con la primera pregunta:

– ¿Qué es la ciencia? ¿Qué es lo que comunicamos cuando hablamos de ciencia?

– Es fundamental que tengamos esta discusión. El proceso que permite entender cómo es Saturno -por ejemplo- eso es lo que llamamos ciencia. En el fondo, la ciencia no es la conclusión, o para decirlo de otra forma, la ciencia no es la verdad. La ciencia es una forma de pensar, que nos permite entender un poco mejor todo lo que hay afuera, cualquier cosa que les interese. Esta aclaración es fundamental, porque permite deshacernos de la idea de que la ciencia es igual a sus productos. Ellos son valiosos, pero no es la ciencia. La ciencia no ocurre con un delantal, no ocurre con un laboratorio, ocurre con una pregunta. Si ésta no existe, no van a hacer ciencia.

– ¿Por qué se confunde a la ciencia con sus productos?

– Tengo la sensación de que se puede relacionar con las noticias científicas, que son necesarias para acercar la ciencia a la ciudadanía, pero no cuentan cómo ocurrió, por ejemplo, un determinado descubrimiento. Por lo tanto, despoja a esa noticia de los elementos que son relevantes para la ciencia, de todas las veces que tuvimos que corregir el camino y de los años de arduo trabajo que tomó hacer el descubrimiento. En ese sentido, la noticia científica convierte a la ciencia en un producto directo y lo que tenemos que mostrar es cómo opera la ciencia, el método, no solo a lo que se llega.

– ¿Es la curiosidad la clave?

– La curiosidad es finalmente lo que mueve a los científicos. Son las preguntas, no las respuestas lo que nos mueve. Da la sensación de que fuera sencillo. Es decir, que uno observa algo y con la curiosidad se hace una pregunta, pero tenemos una trampa: nuestro cerebro. Este se equivoca, no es perfecto, tiene problemas de percepción grave. Los científicos no confiamos en el cerebro, por eso usamos instrumentos, algo que sea independiente de nuestros sesgos perceptuales y cognitivos. Y, algo muy importante, la curiosidad viene con los niños, a ellos no hay que enseñarles a ser curiosos. Está instalada en la programación 1.0 que traemos y, ciertamente, esa curiosidad es fundamental para hacer las preguntas, que finalmente es el motor de los científicos.

– ¿De qué otra manera es posible definir a la ciencia?

– Como decía Carl Sagan, astrónomo y gran comunicador científico, la ciencia es mucho más que saber cosas, es mucho más que un cuerpo de conocimientos, es una forma de pensar. La ciencia es una forma de interrogar de manera escéptica la naturaleza, pero entendiendo además que nos equivocamos, que lo que vemos puede que no esté ahí, con una fina comprensión de nuestra propensión a los errores. Probablemente, sea ésta la definición más bonita de la ciencia.

Por culpa de un accidente

 – ¿Por qué decidió colgar el delantal?

– Yo siempre quise ser científico, desde que leí por primera vez “Ingeniería Genética” a los 12 años. Rayé con él, no quería hacer otra cosa que clonar genes. Y me convertí en científico de laboratorio, en académico con proyectos Fondecyt, y estaba en eso cuando en marzo de 2011 me corté el tendón de Aquiles jugando fútbol. Estuve dos meses con licencia. Estaba muy aburrido, con mucho tiempo libre -como hacía mucho no tenía- y decidí escribir una novela policial. Evidentemente, no logré escribirla. Entonces dije “yo sé ciencia, tal vez debería escribir sobre ciencia”, y ahí empecé el blog “El efecto Rayleigh”. Yo no quería enseñar ciencia, quería contar historias de ciencia. Y encontré historias bacanes, que rara vez se contaban. La ciencia que se cuenta usualmente es aséptica, como inmaculada, sin ninguna manchita. Y no pues, si la ciencia es una actividad humana que tiene sangre, tierra y arrugas, hay engaños, genialidades, y también hay estupideces. Esas historias empecé a contar. Lentamente, fui desarrollando habilidades como comunicador científico, que era como mi trabajo de noche. De día era científico y comunicador de noche.

– El espacio de comunicador le fue quitando tiempo al del científico…

– Sí, lentamente. Y me gustó mucho, como que me enamoré de comunicar ciencia. En paralelo, comenzó a pesar mucho en mí la carga de la vida académica, que es muy dura. Postular a fondos, publicar más papers y las actividades que me tenían fuera del laboratorio como de administración, docencia, reuniones, y me fui dando cuenta que ser académico no me gustaba, pero lo necesitaba para hacer ciencia, que sí me gustaba. Ese conflicto se resuelve en 2015 cuando me ofrecen un cargo nuevo, que era ser director del Centro para la Comunicación de la Ciencia. Ya en 2016 cerré el laboratorio y trabajo de manera independiente como comunicador científico.

– ¿Sus colegas científicos cómo han reaccionado a su trabajo de comunicador?

– El día que yo me fui de la universidad, un colega se me acercó y me dijo: ¿Qué estás haciendo? ¿De qué vas a vivir? Porque no existe la idea de que hay vida fuera de la academia, como que los científicos somos entrenados para una sola cosa. Había escepticismo respecto del camino profesional que había elegido. Sin embargo, hoy en mi comunidad, mi trabajo es valorado, porque se dan cuenta de que es necesario vincular la ciencia con la ciudadanía. Y como lo hago bien y con respeto a las áreas de las que hablo, no me meto en problemas. Por otro lado, con todas las herramientas que tenemos para hablar de ciencia, hay una máxima que dice que, la narrativa nunca puede curvar a los hechos. Es decir, no puedo adornar tanto una historia como para que se entienda una cosa distinta. Además, cuando uno cuenta la ciencia lo hace para que el público entienda de qué va, no para que repita el experimento.

Ciencia de contrabando

 -Entonces, ¿de qué manera se puede acercar la ciencia a la comunidad?

– La ciencia es tan importante que no puede estar en manos de los científicos solamente. Debe incorporar a todos los actores de la sociedad, porque finalmente, los hallazgos científicos tienen impacto en la sociedad donde estos ocurren. Insisto, la ciencia no sucede en el vacío, es una actividad humana que se vincula con la sociedad. Entonces, hay que entrenarse. A los científicos de formación no nos enseñan a comunicar y, con el tiempo, aprendí que la mala comunicación de la ciencia es peor que la falta de comunicación de ella, porque genera historias distorsionadas, particularmente, sobre la percepción de la ciencia. Alguien me contó que fue a dar una charla a un colegio, sin la preparación adecuada y los estudiantes no entendieron absolutamente nada. Lo que ellos creyeron, entonces, fue que la ciencia era demasiado complicada para ellos y dejaron de mirarla. Eso no puede ocurrir.

– ¿Cómo se realiza este entrenamiento?

– Fundamental es expresarse con claridad. Eso implica simplificar el lenguaje. Yo no puedo ir a un colegio y hablarles a los niños de QTL sin explicar qué es aquello, porque no tienen por qué saberlo, porque no son genetistas. Y, tanto más relevante que lo anterior, es tener algo que contar. Puede ser el último descubrimiento científico y sus implicancias. Yo puedo contar esa noticia considerando dónde estaban los científicos y las científicas ahí. Dónde estaban las personas a las que le ocurrieron cosas mientras sucedía el descubrimiento, y esa vía es la que he tomado yo.

– ¿Qué es lo que usted realiza actualmente?

– Lo que yo hago actualmente, en términos formales, se llama ciencia de contrabando. Yo no hablo de ciencia, yo cuento historias de ciencia y la gente ni siquiera se da cuenta que estoy hablando de ciencia. Eso a mí me encanta, porque ahí sí se nota que la ciencia es una actividad humana, porque yo cuento la historia en primera persona desde la científica o el científico que descubrió algo. Cuento lo que le pasó, cómo lo tomó, cuándo dudó, cuándo se dio cuenta, qué preguntas se hizo. En el fondo, que se note que la ciencia es una actividad humana. Esa es mi estrategia, porque muchas veces cuando uno lee una noticia científica no ve humanidad allí, uno podría imaginarse que un androide hizo eso. Se trata de buscar historias atractivas, siempre pasan cosas, porque la ciencia es efectivamente una actividad humana, y a todos los seres humanos les pasan cosas.

– ¿En pandemia cómo se puede enseñar ciencia?

– Lo importante en ciencia es la pregunta. El ejercicio no es que los profesores le hagan preguntas a los niños y niñas, sino que ellos las formulen, no para que el profesor las conteste, sino para que guíe la forma en que podrían contestar esa pregunta. En el fondo, enseñarles sin contarle el método científico. Si alguien tiene una pregunta, todos pueden proponer una hipótesis, de a poco eligen las 10 mejores y las van descartando. Aprenden así que la explicación más sencilla es, probablemente, la primera que tenemos que evaluar, que es parte también del método científico. Cuando lleguen a la hipótesis más sencilla, proponen un experimento que dé cuenta de ello. Es decir, tienen que hacer un diseño experimental, que tenga márgenes para dar cuenta de esa pregunta. Aprenden, entonces, a hacer experimentos, y ojo, ni siquiera tienen que hacerlos. Aquello potenciará la generación de preguntas, porque los estudiantes están habituados solo a contestarlas.

 

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