Patrimonio ferroviario del Valle del Aconcagua. Tercera parte: De La Calera a Los Andes

Llay-Llay ramal a Los Andes.

«La estación de La Calera tuvo un crecimiento exponencial en gran parte del siglo pasado, dado que era un nodo de transferencia de personas, bienes y servicios provenientes de la extensa red norte que, en su intercambio, hacían transvase hacia diversos destinos, ya sea  a las estaciones terminales de  Valparaíso, Santiago, Los Andes e  intermedios.

Para los casos de trasladarse  a la capital del país o Los Andes, los convoyes debían necesariamente rodar por el troncal viario, que se emplazaba por el Valle del Aconcagua  hasta llegar a Llay Llay, que era un entronque de vías que redireccionaba los equipos que iban ascendiendo por el valle, y la otra alternativa era dirigirse por la cuesta Las Chilcas y circular hasta la bella estación Mapocho.

Respecto del neurálgico núcleo ferroviario llaillaíno hay que indicar que no solo era una plataforma de combinación de personas, sino también un lugar que congregaba la gente de la ciudad, las y los comerciantes que ofrecían diversos productos de gastronomía artesanal y bebidas, que eran demandadas por los viajeros no solo para saciar el hambre y la sed, sino para llegar a sus domicilios con “algún engañito”. Cabe señalar que el trayecto al sector profundo del Aconcagua hace algunas décadas fue servido por automotores, que en algunas horas interconectaban la costa con el interior, en una sucesión de paisajes que dejaban atrás el aire salino cambiándolo por uno más seco, con aromas propios del mundo rural en el que era común ver por las ventanas del carril carretas tiradas por caballos, los huasos aperados en sus corceles y, dependiendo de la estación del año, el barbecho, la siembra y cosechas de los diversos productos de la tierra.

Profesor Gastón Gaete Coddou.

Arribando a Llay Llay, el automotor dejaba y subía viajantes, y luego retrocedía para empalmar con el ramal hacia el mundo andino, deteniéndose en Catemu, Panquehue, Palomar y, si se pedía con anticipación al inspector, se hacía un arito en algún punto de la ruta en que se veía cómo la familia iba a buscar o dejar al que regresaba o se iba del hogar.

Si de historias se trata, me permito contar una que se la debo a mi padre (Q.E.P.D.) quien la relato en el libro “Chilenos de Raza”, obra de Francisco Muat, y que ha sido reeditada numerosas veces. Pero más allá de esto, dejemos que el entrevistado nos diga su vivencia: “Hubo varias despedidas en Valparaíso, del banco (Londres) de la familia, tristes y alegres como las despedidas, y bien rociadas”. Y después mi padre dijo: “Bueno, te vamos a hacer un curanto en la casa de un yerno en Quilpué”. Al final hicieron parar el expreso en la estación, que en esa época no se detenía en Quilpué, y subí yo, que era el  único pasajero, porque al jefe de estación le habían dicho que debía subirse una persona muy importante, un chileno que iba a combatir a la Segunda Guerra Mundial. Fue muy emocionante, y cuando llegamos a la estación de Los Andes, hicimos la combinación con el tren trasandino y de allí a Argentina, siendo nuestro arribo final Buenos Aires”. Como se leerá, la trascendencia del ferrocarril era innegable, porque circulaba por territorio nacional y empalmaba con un ramal internacional.

Esta aventura la rememoramos años más tarde con la familia y, por último en la década de los 70` del siglo pasado, en un escape que tuve con mi viejo revivimos su histórico viaje, que años antes lo trajo de vuelta a Chile con un pecho henchido de medallas ganadas valerosamente en campañas bélicas y que aún atesoro en mi casa y en fotos.

El corolario de esta columna estimados lectores es el recuerdo de viajes maravillosos en una época en que nuestros Ferrocarriles del Estado iluminaban con su carrozada presencia la vía, humeando el vapor de sus máquinas, que lentamente en este tramo y otros, fueron cediendo a la electrificación y al diesel, pero que nunca pudieron dejar de sonar con sus pitos el anuncio de la llegada y partida del nostálgico tren».

 

***Gastón Gaete Coddou,  geógrafo y académico de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas, Universidad de Playa Ancha.

Columna de opinión publicada en diario El Trabajo de San Felipe, el miércoles 16 de septiembre de 2020.

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