La respuesta rapanui al cambio climático

“Cuando todo hace presagiar una catástrofe ambiental a nivel planetario, vale la pena recordar que -por mucho tiempo- utilizamos el caso rapanui como paradigma de la autodestrucción del ecosistema, como uno de los casos más dramáticos de “ecocidio” en la historia de la Humanidad. Rapa Nui era visto como un ensayo de laboratorio de lo que el ser humano está provocando a escala global.

Según esa imagen, los isleños habían destruido su hábitat por sobreexplotación, movidos por la ambición de una sociedad altamente jerarquizada, encabezada por una aristocracia religiosa que tenía como símbolo de su poder las estatuas monumentales de los ancestros divinizados. La construcción de moáis cada vez más grandes fue la expresión de una ideología fundamental para la mantención a toda costa de un modo de vida que duró por 500 años, hasta llevar a la isla y a toda la sociedad rapanui al colapso, la decadencia y la muerte.

La destrucción del bosque fue la primera señal de la fatalidad del destino, que no supieron prevenir ni mitigar. Se habían condenado a sí mismos desde que comenzaron a cortar los árboles para levantar los monumentos a su orgullo y ambición, para intensificar la producción agrícola, incluso para cremar a sus muertos. Corrieron ciegamente hacia el precipicio, porque no pudieron cambiar el modelo.

Sin embargo, desde hace unos años esta imagen ha cambiado radicalmente. Descubrimos que los isleños fueron capaces de adaptarse a un impacto gradual pero profundo en el ecosistema, probablemente asociado a las crisis ambientales que provoca el fenómeno de El Niño periódicamente, y que hacia mediados del siglo XVII habría provocado una prolongada sequía.

Hace veinte años, una arqueóloga norteamericana descubrió los jardines de piedra, que cubrieron hectáreas de terrenos en la isla. Los isleños picaron millones de pequeñas rocas que cubrieron sus campos de cultivo, para evitar la evaporación. Los camotes y taros se mantenían gracias a esa humedad y sus tallos podían crecer a través de las pequeñas rocas. En verdad, invirtieron más energía en esa “simple” técnica agrícola que en tallar uno o dos moáis al año. Además, construyeron recintos circulares de piedra (manavai) para proteger las plantas más altas (caña de azúcar, plátanos) del viento. Las excavaciones de un equipo alemán en la quebrada de Rano Aroi ha mostrado evidencias excepcionales del culto al agua y a los árboles, consistente con una sociedad más en armonía con la naturaleza que con la antigua imagen de depredadores inconscientes.

Más aún, los isleños fueron capaces de modificar su estructura sociopolítica para enfrentar la crisis ambiental. La construcción de moai era insostenible sin árboles, pero también los fundamentos ideológicos y el sostén político de la aristocracia religiosa. Los jefes hereditarios perdieron su autoridad y prestigio, y la antigua sociedad feudal dio paso a una sociedad más “democrática”: el poder secular se transmitiría entre los jefes de los clanes, a través de una competencia por el huevo del manutara cada primavera, que encarnaba la fertilidad del dios creador Make Make. Una “competencia deportiva” rodeada de ritos y ceremonias fue la solución política a la crisis. El nuevo poder se entregaba al Tangata Manu en la Aldea Ceremonial de Orongo, que se mantuvo a pesar del profundo impacto del contacto con Occidente, hasta 1868.

A lo largo de un siglo, fueron botando los moáis, símbolos del antiguo orden, pero los convirtieron en tumbas para resguardar los huesos blanqueados de sus propios familiares. Las fundaciones de las casas de la antigua aristocracia, enormes bloques de basalto pulido, más difíciles de trabajar que los propios moáis, fueron tomados por miles para construir los muros de las cuevas de refugio, o para mantener el calor de los hornos subterráneos.

No fue algo fácil, los conflictos podían ser sangrientos, pero estaban procesando un cambio radical en todos los ámbitos de lo social, político, religioso y económico, porque fueron capaces de enfrentar como sociedad esas condiciones extremas, cuando no era posible escapar de la isla. Hoy día, los líderes del mundo están pensando en escapar a otros planetas, frente a la urgencia de modificar un modelo depredador de los recursos naturales y el poder de las industrias más contaminantes.

Moa toke he tangata e he vi’e. (Antiguo dicho rapanui. Literalmente: pollo robado el hombre y la mujer. Interpretación: la vida del ser humano es tan efímera como la de un pollo robado)”.

 

José Miguel Ramírez, arqueólogo del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Playa Ancha.

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