Sembrar vientos

El mundo político se ha declarado mayoritariamente sorprendido por el estallido social en el país. Desigualdad que se instaló al centro de nuestras relaciones y que, para muchos, adquirió una suerte de naturaleza, en virtud de la cual se justifica un nuevo orden social y político.

Lo sorprendente es que el estallido sorprenda. De manera lenta y progresiva hemos asistido a diversas irrupciones sociales, que parecen fenómenos desconectados, pero que observados con mirada atenta pueden descubrir nexos en la historia reciente.

Quienes formamos estudiantes en universidades estatales, particularmente en aquellas donde la mayor parte de ellos ha llegado a estudiar una carrera en gratuidad, conocemos la desigualdad. Nuestros jóvenes provienen de familias pobres (digámoslo sin el disimulo pudoroso de la clásica referencia a la “clase media”). Las deudas y los dolores nacen de las formas de sobrevivencia de las familias de las cuales provienen y de sus legítimas aspiraciones. Los sistemas de salud, para ellos, son ineficientes o inalcanzables. Las esperanzas de empleo futuro deben entenderse también en el marco de la desigualdad. Lamentablemente la oferta de trabajo tendrá, en general, escaso prestigio o remuneración insuficiente, y sus padres son quienes recibirán pensiones miserables. Chile no debe permitir más frustraciones y decepciones de sus habitantes, debemos recuperar la confianza y la fe pública.

Nuestros estudiantes permanentemente están inquietos y no tienen espacio para una conducta distinta. La suya ha sido una lucha constante por cambiar sus precarias condiciones. De esto tienen plena conciencia y lo manifiestan en conflictos locales o focales en sus comunidades universitarias, pero esas marchas y conflictos cotidianos no se escuchan, no alteran el orden fundamental, son marginales, pueden esperar a que el tiempo y el tedio apaguen su energía. Es hora de grandezas, de pensar profundamente nuestro futuro y destino como país, de dar pasos sólidos y serios hacia una sociedad con más justicia social, con más reconocimiento a los demás y a los derechos humanos, condenando la violencia, para dar origen a una cultura del respeto a la dignidad humana.

Quiero pensar en las movilizaciones de estas semanas en una polaridad distinta a la instalada por las pautas de prensa. Cualquier fenómeno que esté sucediendo en estos días es de responsabilidad colectiva, de quienes por acción u omisión hemos contribuido a levantar o permitir que se erija el muro de la desigualdad y, de esta manera, amenazar el futuro de millones de chilenas y chilenos. Este esquema es, en sí mismo, una provocación. En este contexto, hacemos un llamado urgente a alcanzar los necesarios acuerdos civilizatorios para dar paso a una sociedad más justa.

Necesitamos construir respuestas complejas desde el orden político (a eso apunta la demanda de cambio a la Constitución), propiciar una transformación fundamental del marco de abuso en lo económico (a eso apuntan las críticas al actual sistema). Pero, sobre todo, requerimos mirar de frente a los valores en los cuales se sostiene nuestra sociedad, realizar su ineludible crítica y avanzar en la conformación de un orden nuevo, realista y sostenido en un marco democrático y humano.

 

Patricio Sanhueza Vivanco
Rector Universidad de Playa Ancha
Presidente Agrupación de Universidades Regionales (AUR)

 

Fuente: columna publicada en El Mercurio de Valparaíso, 21 de diciembre de 2019 (acceso solo disponible para suscriptores).

 

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