Movimiento social hace que los muros vuelvan a ser protagonistas políticos

Educar a la gente y crear un arte nacional están entre las principales motivaciones del muralismo, movimiento artístico nacido en México tras la revolución que proponía la producción de obras monumentales para el pueblo y en las que se retrataba la realidad azteca, las luchas sociales y otros aspectos de su historia, sobre todo en materia indígena.

Entre sus grandes cultores estaban Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, que comenzaron a promocionar este arte por toda América Latina. Es más, este último pasó dos años y medio pintando la biblioteca de la Escuela México de Chillán, en un trabajo titulado “Muerte al Invasor”.

Y si bien en Chile hay artistas que se han desarrollado en el muralismo -como el porteño Inti Castro, o la dupla avecindada en la ciudad Un Kolor Distinto-, tras el 18 de octubre ha provocado también que los muros se transformen en un lugar donde conviven tanto trabajos estéticos como todo tipo de mensajes. De esta manera, las paredes se han vuelto los “cuadernos o diarios de este estallido social”, asegura el doctor en Filosofía y filólogo, Roberto Loebell.

Abierto y democrático

La directora del Museo Universitario del Grabado de la Upla, María Teresa Devia, dice que en Chile tomó fuerza el utilizar las paredes con la Brigada Ramona Parra, pues “significaba, un poco, llegar a una audiencia que no tenía acceso a los museos y estos símbolos que pintaban en las paredes tenían una connotación evidentemente política, con símbolos políticos”.

La también doctora en Educación y Cultura, con magíster en Arte, explica que “el muralismo es distinto al grafiti, y el grafiti es diferente al rayado, al tag. Lo importante es que la gente busca de alguna manera empoderarse en el espacio público, apoderándose de los soportes que le permiten esta situación”.

“Entonces -continúa- tenemos murales que son estéticamente considerados dentro del concepto de belleza clásica; hay otros que no, que presentan un ideal estético o un ideal fragmentado de la belleza estética del siglo ya antepasado, y que está representando una historia, una narrativa contemporánea, de una sociedad fragmentada, de una sociedad líquida, que se disuelve. Entonces tendríamos que leer con más cuidado lo que pasa en las murallas de la ciudad también”.

En cuanto a Valparaíso, se puede ver de todo. En el sector de la Estación Barón han proliferado los murales que van haciendo un relato de las protestas actuales combinadas con aquellos reclamos que provocaron el movimiento político y social. Todo en un tono figurativo, que también se puede ver en el trabajo que hizo Mon Laferte en calle Cumming junto con la dupla Un Kolor Distinto, o el que apareció en Avenida 1 Norte de Viña del Mar.

“El muralismo prácticamente se contraviene al cuadro que está en el museo, en la galería o en la casa de un coleccionista. Yo diría que es contrapuesto, quizás, porque el muralismo en su discurso se impone a la comunidad, para que todos lo puedan ver. O sea el mural es gratuito (y llama) a que todos puedan ser parte de él. No hay privilegios en el muralismo (…) y por eso el mural tiene una afinidad democrática también, todos pueden verlo. No existe una exclusión, sino que es inclusivo”, describe Loebell.

Desde su perspectiva, “el renacer del muralismo de ahora tiene mucho que ver con el empoderamiento de la ciudadanía frente a lo establecido”.

Medio de comunicación

Pero, ¿por qué utilizar las paredes? “Creo que los muros son el periódico de antaño. La juventud busca dejar su huella en estos muros”, dice Devia.

Aspecto en el que concuerda Loebell: “En este momento vendría siendo un medio de comunicación colectiva. Son participación y comunicación del cuarto poder, o sea, de aquellos que son los ciudadanos constituyentes y que no son empresas que pactan con los municipios para colocar esos tremendos paneles, sino que son los ciudadanos los que salen con sus medios a comunicar su sentir, sus déficits o sus faltas”.

“En ellos -sigue- no sólo se leen frases con diatribas o con insultos a cierto tipo de funcionarios públicos, autoridades o la fuerza pública, sino que también se leen fragmentos de poemas (…) y frases de esas que hacen pensar. O sea, es un campo reflexivo variopinto”.

Clave en todo esto es el gran componente político que tienen los mensajes en los muros, donde también aparece con fuerza el grafiti.

Este es una modalidad de pintura libre que puede componerse de dibujos, letras, afiches y tags, por nombrar algunas de sus características. “El grafiti es más bien informal, incidental, espontáneo y tiene que ver con una estética política”, asegura Ricardo Loebell.

La directora del Museo del Grabado acota por su parte que “el grafiti es político. El grafiti y el muralismo son políticos en su esencia. Diferentes son los mensajes que nos están dejando en las murallas, en los muros. Entonces, a lo que habría poner atención es en el contenido del mensaje, la narrativa de esos grafitis, más que si el grafiti es estéticamente considerado. Lo que importa aquí es el mensaje. Entonces, de que es político es político y va a seguir siendo político; si no perdería su esencia”.

-¿Es posible comparar de alguna forma lo que ahora sucede con lo realizado por la Brigada Ramona Parra?

-R.L.: Sí, sobre todo cuando se trata de murales (…). El tomarse los muros con reivindicaciones, con colores, algunos un poquito menos artísticos que otros, eso es estar frente a una estética política, en términos de una lógica de la realidad.

-M.T.D.: Si lo vemos desde el punto de vista político, sí. O sea, el muro se usa como un soporte para concientizar, para denunciar para simbolizar una ideología.

“Pero -advierte Devia- yo no sé si lo que pasa ahora es igual que en el ámbito de la Ramona Parra”. Ello porque, para la doctora en Educación y Cultura, “hay una reacción furiosa en contra de la desigualdad y que, creo, traspasa las fronteras políticas propiamente tales”.

Desde esta perspectiva, dice que “a mí me cabe la duda si en este minuto hay un activismo político ideológico, o hay una antipolítica presentada en el rayado de las paredes”.

“Acá no podemos hablar de izquierda o derecha, estamos hablando de gente que no cree en ningún sistema ni institucionalidad, por una parte. Y hay otros que reclaman que la institucionalidad funcione. Yo creo que ambas posibilidades o ambas discusiones están puestas en los muros”, sostiene.

Blindaje de fachada

Otro fenómeno que no ha dejado de llamar la atención es que producto de los saqueos e incendios, los negocios del centro de Valparaíso, Viña del Mar, Quilpué y Villa Alemana lucen blindados, convirtiéndose en nuevas fachadas de la gente para comunicar sus mensajes.

Para el doctor en Filosofía, Ricardo Loebell, “existe también coincidencia en la intervención en los espacios, en cuanto a que las vitrinas están transformadas, están blindadas. Se tiene que recoger el consumo a su mínima expresión (…) al menos yo lo he visto en Valparaíso y en Santiago también. Las vitrinas prácticamente pasan a ser ahora una fachada”.

Estos blindajes tienen “frases que nos hacen recordar que no es momento del consumo. Ahora es el momento de reconstituirse como ciudadanos y resetear una carta magna, una carta fundamental”, dice Loebell.

No deja de llamar la atención que tanto los murales como los grafitis son frágiles, porque en cualquier minuto pueden ser borrados, intervenidos o repintados, pues “son muy temporales y van cambiando de acuerdo, un poco, a la cotidianidad”, dice Devia.

De allí que en Instagram exista la cuenta @paredes_parlantes. En su descripción aseguran sus creadores que “queremos dejar registro de lo que las paredes gritan cuando no todos pueden alzar la voz”. La cual, por cierto, también recibe aportes.

 

Fuente: El Mercurio de Valparaíso, domingo 8 de diciembre de 2019, páginas 42-43.

 

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