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Una casona porteña de 140 años albergará al futuro Museo del Grabado

Durante 60 años fue habitada por integrantes de la familia Walbaum, británicos arribados a Valparaíso. Hace poco, incluso, Mary Walbaum, de 90 años, visitó la casa del cerro Alegre para rememorar su vida allí y detallar la distribución espacial. Para los arquitectos, esto representa material valiosísimo en el proyecto de recuperación, que se encuentra en su última etapa.

La llamada Casona Lautaro Rosas, construida en 1880, se convertirá en el próximo Museo del Grabado. Será el primero de esta naturaleza en Sudamérica, según indica la Universidad de Playa Ancha (Upla), propietaria del edificio e impulsora de este proyecto que dotará a la ciudad de un espacio para una histórica colección de arte.

Más de 9. 500 piezas salvaguarda la universidad desde que en 1992 recibió el legado de Carlos Hermosilla Álvarez, “un ícono del grabado en Chile y uno de los primeros creadores de escuelas, en Viña del Mar, en 1939”, dice María Teresa Devia, académica y directora del Museo del Grabado. “Son seis mil obras de la colección de Hermosilla. Hay piezas suyas, de grabadores extranjeros y de algunos de sus alumnos que se transformaron en grandes nombres: Ciro Silva, Robelindo Villegas, Sergio Rojas”, agrega.

Hasta ahora, la colección, que incluye un centenar de grabados de Santos Chávez, se había mantenido en los ámbitos de la conservación e investigación. Una serie de exposiciones en la Upla y otras itinerantes habían posibilitado la apreciación por parte del público, pero aún estaba pendiente conseguirle un espacio. Las obras finalizarán en agosto, con la rehabilitación de la casa para uso museográfico. Se destinaron $1. 850 millones, aportados de fondos públicos concursables.

La propiedad tiene 1. 079 m2 construidos, en dos plantas y dos subterráneos dispuestos en la ladera del cerro, además de una gran galería. Según dice el arquitecto de la Upla Marco Muñoz, “revela el modo constructivo de un período histórico muy valioso en Valparaíso. La ciudad puerto estaba en pleno desarrollo. Los cerros Alegre y Concepción dividían el puerto con el Almendral, que entonces era nada más que una playa. El Alegre estaba en la periferia del puerto. Ahí se produjo una situación fundacional con las familias que querían alejarse de ese ajetreado sector popular”.

La Casona Lautaro Rosas refleja el estilo de vida de los habitantes de esos sectores residenciales de fines del siglo XIX, inmigrantes de gran cultura, pudientes, con familias abundantes. “La casa tenía un acceso para la familia y otro para la servidumbre. El primero estaba destinado a la actividad social, con sus salones, y el segundo para las habitaciones. En el primer subterráneo se encontraban la cocina y las despensas, y en el segundo, los depósitos y bodegas”, señala Muñoz. “La vista al mar tiene un valor significativo: querían recuperar la conexión con la campiña inglesa a través de terrazas. Para eso idearon esta galería en Valparaíso”, agrega.

Una sala inclusiva

La primera planta tendrá seis salas de exposición y un auditorio para 70 personas. La segunda, otras tres salas, junto con espacios para la investigación, una biblioteca documental y oficinas administrativas. En tanto, en el primer subsuelo se instalará el área de conservación del museo, con depósitos y oficinas.

“El público podrá observar a través de ventanas el trabajo de los conservadores”, adelanta Muñoz. El segundo subterráneo conecta con una plaza interior que se comunica con calle Templeman. Allí habrá un centro de documentación y espacios para talleres con miras a programas educativos acerca del grabado.

Pero tal vez la más innovadora de las intervenciones tendrá lugar en el espacio de la galería, donde se instalarán mesas de exhibición para personas no videntes. “Hay 25 obras chilenas ya listas y Marisel Gómez, quien ideó esta propuesta, está preparando otra serie”, dice María Teresa Devia. “¿Cómo es esto? Se hace el proceso inverso de las matrices para obtener el relieve. Así las personas pueden apreciar la obra de manera táctil”, concluye.

 

Fuente: texto de Íñigo Díaz, publicado en El Mercurio, lunes 28 de mayo de 2019.

 

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