Nadie puede decir que conoce la Universidad de Playa Ancha y su historia, si nunca ha hablado con Juaniquillo; para muchos, el alma de la UPLA, el corazón de la institución, el amigo entrañable, incondicional, ese que siempre responde con una sonrisa y para quien todo es posible, si hay voluntad.

Ubicarlo no fue difícil, su oficina y su vida laboral giran en torno al gimnasio, espacio que Juaniquillo (o Juan Parada Fernández como fue inscrito en el Registro Civil) conoce como la palma de su mano. Es más, asegura que con solo dar una mirada sabe si alguien ha estado allí.  Esto no resulta extraño para quien ha recorrido esos rincones por más de 40 años.

Sin embargo, conocer parte de lo que han sido estas cuatro décadas es complicado, principalmente, porque estudiantes, funcionarios y académicos no dejan de saludarlo, de palmotearle la espalda o intercambiar con él cariñosas palabras durante la entrevista. Juaniquillo se da tiempo para todos. Levanta la mano, responde, y con una humildad que solo lo engrandece, pide disculpas por la interrupción. Pero eso no importa, porque todo ayuda a descubrir parte de la personalidad de uno de los funcionarios más queridos de la institución.

INICIOS EN LA UPLA

De pelo cano y sonrisa fácil, Juaniquillo cuenta cómo llegó a trabajar a la Universidad de Playa Ancha. “Yo tenía una pega en el gimnasio del Fortín Prat, y el profesor Eduardo Cabezas me trajo el ´70. Me contrataron al año siguiente, porque en ese tiempo los trámites se hacían en Santiago. De eso ya han pasado casi 41 años, pero no los he sentido, porque éste es mi segundo hogar”. El orgullo con que relata este episodio no lo logra disimular, mientras aclara que desde que se inauguró el gimnasio (1982-83) ha estado a cargo de su mantención.

Un segundo nombre que menciona sobre sus comienzos en la universidad es el del profesor Antonio Maurer, quien fue decano de la Facultad de Educación Física, y prorrector de la institución. Asegura que con él mantiene hasta la fecha una sólida amistad.

-¿Cómo fueron los primeros años en la universidad?

“Difíciles. Las cosas no eran como ahora. En ese tiempo tenía que venirme al trabajo caminando. Lo hacía desde Puertas Negras, en la parte alta de Playa Ancha, con un cuñado, y nos demorábamos 50 minutos de bajada y una hora y cuarto de subida. Era sacrificada la cosa, porque el sueldo no me daba para andar en micro”.

-Pero ¿eso ya pasó?

“Claro que sí. En ese tiempo lo único que me daban era una capa azul. Ahora las cosas son distintas. Tengo mucho apoyo de la universidad. Me siento muy agradecido con todo, la universidad es mi segunda familia”.
Juaniquillo no termina de decir estas palabras cuando se le corta el habla. Saca su pañuelo y seca las lágrimas que le juegan una mala pasada y que sin aviso humedecen sus ojos. No dice nada. Mira hacia el cielo y comenta: “es que yo no sería nada sin la universidad. A mí la UPLA me lo ha dado todo, ¿comprende?”

En honor a la verdad, lo intento, y con el pasar de los minutos logro empatizar con su emoción más profunda. Confiesa que cuando llegó a trabajar no sabía leer ni escribir, pero aquí aprendió, y lo hizo obligado por las circunstancias: practicaba cada vez que recibía la correspondencia, hasta que lo logró.

Hoy, aquello no es más que una anécdota, que refleja la dura realidad que traía consigo. Una realidad que impacta, que no deja indiferente a nadie: Juaniquillo tuvo una infancia triste, llena de carencias.

Junto a su hermano, fueron criados por el abuelo materno, don Juan de Dios Fernández Soto. De él recuerda lo suficiente como para afirmar que recibió todo el amor y cuidado. “Mi infancia fue difícil. Recién me probé un par de zapatos a los 15 años, pero eso no me importó, porque mi abuelo me dio lo más grande que es el cariño”. Tras este comentario, vuelve a sacar su pañuelo. Se toma un tiempo, respira profundo y continúa su relato: “Él me enseñó que todo es posible si uno le pone el hombro, y pucha que tenía razón. Para mí él fue todo, y aunque ya no está, me sigue acompañando y me alienta en los malos momentos. Yo sé que él está conmigo siempre”.

CUESTIÓN DE ACTITUD

Sin embargo, su buena estrella no solo obedece a los valores que recibió, sino también al cariño que aplica en todo lo que hace, al buen trato y a la buena disposición que tiene con todo el mundo. “Yo no entiendo cómo puede haber personas con tan mala voluntad, o que hacen las cosas enojados. Si aquí todos compartimos un espacio y nos tenemos que ayudar, especialmente con los alumnos. Yo incluso, a veces les pregunto si han tomado desayuno, porque me importan. Lo mismo si los veo bajoneados. No cuesta nada darse unos minutos y prestar la oreja”, dice.

Esa preocupación y cariño ha tenido consecuencias, pues el lazo que ha creado con los estudiantes trasciende lo institucional. “En la época en que la universidad era líder en handbol, yo celebraba en el camarín con ellos. Incluso, cuando salían campeones era a mí al que llevaban en andas. Se teñían el pelo y yo no me salvaba. Varias veces tuve el pelo de color azul. Así eran los cabros conmigo”, comenta con una sonrisa que le marca la cara.

Adentrarse en los dolores que han marcado la vida de Juan Parada no es difícil. Además de la muerte de su abuelo, le aprieta el corazón el fallecimiento de su hijo Claudio, quien murió a los 31 años, víctima de un atropello cuando estudiaba la carrera de Contador Auditor en la Universidad de Valparaíso, donde trabajaba. De él, disfruta el cariño de sus dos nietos: Claudio cursa el tercer año de Ingeniería en Construcción en la Universidad Valparaíso, y Camila está en enseñanza media.

El hijo mayor de Juaniquillo, Juan (42) vive hace más de 20 años en Noruega, donde trabaja como ingeniero metalúrgico (3 hijos). La tercera se llama Priscila (32), y es asistente judicial en Valparaíso. Todos ellos conforman su gran tesoro y allí está su corazón, incluida su ex mujer, a quien generosamente reconoce como el principal apoyo para que sus hijos salieran adelante.

CONTADOR DE HISTORIAS

Sin duda, la discreción es una de las grandes virtudes de Juaniquillo, pues al pedirle que compartiera algunas anécdotas que guarda el gimnasio, ríe, se pasa la mano por la cara (como midiendo el tamaño de su barba) y dice: “claro que hay historias. Yo diría muchas historias, pero no todas se pueden contar. Lo único que puedo decir es que las hay tristes y otras divertidas”. Sin embargo, se apura en comentar que muchas de ellas están relacionadas con los afectos, especialmente las que nacen de su espíritu de servicio. “Cada vez que algún estudiante se accidenta, me llaman, porque saben que siempre voy a ayudar. Agua, toallas, hielo, lo que sea. Siempre los acojo, porque son momentos difíciles y dolorosos. Pero si tengo que mirar hacia atrás, puedo decir que lo que más me ha marcado es la promoción de estudiantes del ’84, porque era un curso muy unido, que hasta el día de hoy se junta a compartir. Me visitan en la casa. Incluso, siempre me vienen a buscar y me llevan. Me siento como uno más de ellos”.

LA UPLA Y SU VIDA

La relación que surge entre Juaniquillo y los estudiantes comienza cuando los jóvenes ingresan a la universidad. Hasta el año pasado, era el encargado de recibir a los mechones en ceremonias cargadas de alegría. Sin embargo, explica que como tal vez no esté cuando egresen (por un tema de jubilación), esa costumbre quedó atrás. “No es que yo esté cansado, pero siempre a todos nos llega la hora, y ante eso no hay nada que hacer. Además, me siento totalmente satisfecho con lo que he hecho en esta universidad, a la que le debo tanto”, comenta con una emoción contenida.

Pero quien piense que la vida de Juaniquillo no ha estado exenta de dificultades, se equivoca. En dos oportunidades dice haber estado cerca de la muerte: la primera vez estuvo hospitalizado por una fuerte intoxicación alimentaria que lo mantuvo con sobre 40 grados por varios días, sin que los médicos supieran qué tenía. La segunda vez sufrió serios problemas cardiacos que hoy lo tienen con tres bypass en el cuerpo. “En esta segunda ocasión, no le tuve tanto miedo a la pelá. Entré al pabellón con confianza y dije, bueno, si me salvé de la vez anterior, ésta no me la va a ganar”, comentó Juaniquillo, recordando este episodio marcado en su calendario personal hace ya siete años. Y claro que tuvo consecuencias ese episodio. A partir de ese momento, cambió los combinados por vino y asegura que dejó de llamarse “El rey de los asados”.

Lo increíble es que hablamos de la historia de un deportista que mojó la camiseta durante muchos años en el club de fútbol amateur Peñarol, donde después pasó a ser dirigente. “Esos fueron buenos tiempos, al principio, pero después decidí dejar el club, porque me cansé de que me agarren a garabatos gratis. Fueron 30 años de insulto, y no aguanté más. Bajé la cortina al club hace más de dos años y no me arrepiento”, comenta Juaniquillo, mientras asegura que fue la mejor decisión que pudo haber tomado.

Sobre su vida sentimental, no dice mucho. Solo que respeta a la madre de sus hijos, que le envía todos los meses su mesada y que tienen una buena relación. “No hay caso, como toda chicharra, tengo suerte con las mujeres. Y sé por dónde va la cosa, porque lo mío es el baile. Cinco rock and roll seguidos no me han hecho nada todavía”, asegura sin falsa modestia, mientras se muestra agradecido con su pareja actual.

A Juaniquillo también se le han presentado oportunidades que ha sabido tomar, como viajar por diversos países del viejo continente. Todo surgió a partir de la visita que hizo en dos oportunidades a su hijo en Noruega. De ahí a tomarse una foto con la torre Eiffel de fondo, fue nada más que un suspiro. Lo mismo en las calles de Madrid y luego en Hamburgo. Pero a pesar de lo hermosas que pueden ser las ciudades europeas, a Juaniquillo nadie le cambia su Valparaíso. “Nica, nica”, dice, mientras recuerda que cuando viajó a Francia, llevó un CD con música de Marcela Toledo (cumbias norteñas) que después todos le pedían. Y es que Juaniquillo Parada sabe muy bien dónde están sus afectos, tesoro que cuida con una lealtad sin límites. Lo mismo ocurre con su Universidad de Playa Ancha, la que una vez lo acogió y que después de cuarenta años, él tampoco ha querido abandonar.