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Para una literatura que no te conoce

Al autor de Crítico, a Cristóbal Gaete, no lo veía hace unos diez años. Solamente supe de él por sus novelas, sobre todo por Valpore y Motel Ciudad Negra, y quien las haya leído comprenderá cómo, sin quererlo, me formé una idea algo distorsionada sobre ciertos aspectos de su vida.

El caso es que nos reunimos hace unos meses y lo hallé cambiado. Para bien, desde luego. Se dejó barba, la ropa parece sentarle mejor y proyecta una seguridad –no tanta, pero mayor a la de quien escribe esto– que antes no se percibía. Merodeamos algunos bares de la calle Cumming y, esto me sorprendió, mucha gente lo saludaba, entre ellos dos escritores y un fotógrafo que realmente parecía ser su fan. Sabía que Gaete en Valparaíso ha hecho entrevistas y presentaciones de otros escritores e investigadores y que incluso abrió una editorial, pero esta suerte de estatus de personaje local superó mis expectativas. Es más, guardando todas las distancias correspondientes, la situación me recordó a una escena de la película 24 hour party people, en que el personaje, Tony Wilson, periodista e impulsor de la escena post punk de Manchester de fines de los setentas, llega a un bar y es saludado por la mayoría de los parroquianos, entre los cuales están, nada menos, los Joy Division y Mark E. Smith de The Fall.

Como Wilson, Gaete parece dedicado a formar una escena, y si no una escena, por lo menos un escenario. Se lo comenté, y la comparación no le hizo mucha gracia. Quizá le pareció inexacta, o caricaturesca. Pasó a hablarme sobre cómo comenzó presentando proyectos vinculados a la literatura de la Quinta Región, primero por necesidad, y sobre cómo fueron aceptados y sin quererlo, según me dijo, su trabajo fue creciendo, haciéndose complejo. Y me contó cómo, para sus investigaciones, leyó a muchos escritores e investigadores locales de quienes nunca había escuchado, o apenas vagamente, tantos que en cierta medida ya ni siquiera podía saber si eran buenos o no, y cómo le sorprendía pensar que en algunos casos era quizá el único lector que esos escritores habían tenido en años y hasta en décadas.

De esas experiencias, casi siempre tamizadas por la precariedad y el olvido, surgiría buena parte de Crítico, su último libro que, me atrevo a decir, es su obra más lograda. Es un híbrido que reúne relatos, crónicas, apuntes de diario y hasta un poema. Un híbrido, además, de personajes reales y ficticios. En él reitera, como es natural, los temas de sus novelas anteriores: «oficios, libros, alcohol, paternidad, algo de escritura, Valparaíso», como resume ese alter ego suyo que narra Fragmentos críticos, el texto que cierra el libro. Y se enfoca sobre todo en el último tema, el oficio. Incluso puede ser leído como un compendio sobre las relaciones complejas que genera la literatura, especialmente en las llamadas literaturas menores o provincianas y lo que estas tienen de derrota. Y también se trata sobre lo bueno y malo de esa derrota, digamos, porque también encuentra humor en ella, por más que en ocasiones ese humor se torne bastante agrio.

Tal como los deportes, la literatura –lo sabemos, aunque a veces queramos olvidarlo– está sobrepoblada de perdedores (conformamos una legión). Al respecto hay una premisa obvia, pero que acá corresponde resaltar: para que haya fracasados son necesarios los ganadores, y viceversa. Y Cristóbal Gaete en estos relatos pronto se alinea entre los perdedores, primero como una especie de narrador-testigo y finalmente como personaje, y hace lo correcto. Merodea esa zona grisácea de éxitos y fracasos y de malas conciencias, que no desconoce, aunque por suerte no explicita. Así lo hace en el primer relato, Jagger Delira, que nos muestra a Mick Jagger, el vocalista de los Rolling Stones, soñando que es el poeta chileno Rodrigo Lira, y a Lira soñando que es Jagger. Es un juego de contrastes entre un artista en el punto más alto y absurdo de la fama y otro que, sin reconocimiento y aquejado por un trastorno bipolar, acaba por matarse. Funciona como alegoría más que un cuento, y como introducción queda muy bien.

La misma línea sigue El mito poético de una ciudad sobre un cuerpo, que debe ser el texto más representativo del libro. Es una crónica que versa sobre Arturo Rojas, poeta que fue uno de los personajes literarios menores que circulaban por la Universidad de Playa Ancha, donde estudió Gaete y quien escribe esto. Desde ahí Crítico comienza a poco a poco a hacerse personal, o real, no sé cómo decirlo. A Arturo Rojas lo conocí, aunque muy poco, y sinceramente no lo consideraba un poeta. Muchos lo veíamos más como un simple loco, o un grafómano (como apuntó por ahí Juan Cameron) que recorría los bares de Valparaíso vendiendo poemarios con hechura artesanal. Recuerdo cómo una vez en el Sirena me vendió un libro suyo con versos escritos en un griego fingido que no eran más que palabras copiadas al azar desde un diccionario. No es un autor, por lo que se deduce, que Gaete haya admirado. De hecho, ni siquiera tiene alguna relación con su bagaje. Para Gaete, Rojas «materializaba el paradigma de precariedad del puerto», y bajo esa premisa nos relata su funeral y el destino errático de sus trabajos.

Y así como sucede con Arturo Rojas, sucede con el resto de los personajes del libro. Todos, tanto los reales como los imaginarios, materializan la precariedad del puerto y materializan el amor de Gaete por el oficio: tanto el guardia que es escritor y delira con llegar a ser ministro de cultura que protagoniza Maldito o Farias Assen, el protagonista de Días y noches por las calles del Almendral, cuentista costumbrista de quien en Gaete describe sin pudor sus malos olores; todos ellos son, a su modo, ruinas vivas y son, también a su modo, unos malditos, en cuanto son unos totales desadaptados. Y, a todo esto, debe ser difícil encontrar para estos personajes un narrador tan fascinado con el malditismo como Gaete, a tal punto que a veces parece repelido por esa tendencia, que contra su juicio no deja de querer.

Al adentrarse en Crítico, un lector casual quizá piense que algunos de los relatos, en especial si los lee por separado y de forma superficial, están hechos para ser entendidos solamente por los habitantes de esa isla aparte que puede ser la literatura de Valparaíso. No obstante, por suerte, para salvar esa situación pronto irá descubriendo que la fortaleza del libro está en su montaje, además de su concepto. Es en el conjunto donde los relatos resaltan y se anexan a un marco conceptual o cultural mucho más amplio. Es gracias a su montaje que incluso podemos leer los relatos como capítulos de una novela o una suerte retorcida de ensayo y gracias al cual, de un modo que me cuesta explicar y que quizá no haya sido calculado, Cristóbal Gaete se beneficia y termina usando las historias de los sinsabores de las vidas de estos escritores a menudo olvidados para concretar un libro mayor.

Por Nicolás Campos F.

Fuente: Paniko.cl, publicado el 2 de marzo de 2017.

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